“La soledad siempre ha tenido un estatus ambivalente: la capacidad de disfrutar de estar solo puede hacer soportable la sociabilidad, pero quienes están predispuestos a la soledad son a menudo vistos con sospecha o lástima”.
—David Vincent
En esta frase, tomada del libro Una historia de la soledad, de David Vincent, el escritor usa esta ambivalencia para mostrarnos que la soledad no tiene un único significado universal. Puede ser libertad y refugio, o aislamiento y estigma… todo depende del contexto social e histórico en el que se vive.
Hubo un tiempo en que estar solo no era un problema: en el siglo XVI, significaba intimidad. Hoy se ha convertido en una aflicción social. En cualquier caso, el mundo lleva tiempo haciendo un hueco a quienes apuestan por vivir solos. Y la soledad ha sido, es y será un revulsivo para la creatividad y una necesidad vital para muchas personas.
Hay, evidentemente, una soledad crónica —ligada a la vejez y, lamentablemente, a la miseria—; y una soledad transitoria —la soledad de la que vamos saliendo y entrando durante la vida—, pero hay también una soledad buscada y una soledad como aflicción social moderna.