Los peces no sabían que eran testigos. Nadaban entre nosotros como si custodiaran un secreto antiguo: que el amor verdadero nunca necesita tocarse para reconocerse.
Bastó mirarnos a través del agua. La luz dibujó caminos sobre la arena, y comprendí que, a veces, el corazón ama como el mar: en silencio, con paciencia, dejando que todo lo vivo encuentre, tarde o temprano, la misma corriente.
La gata de Tobita
Gustavo Quintero