Subí cuatrocientos catorce escalones del Campanile de Giotto para ver Florencia entera. Allí encontré una flor de mármol con cinco orificios y, detrás, fragmentos de Santa María del Fiore que no cabían en ninguno.
Me sentí abrumado, hasta que mis ojos empezaron a entender: un arco aquí, una franja verde allá, un portal gótico en el centro. La catedral no estaba en los orificios; estaba en quien la completaba.
Comprendí que Giotto no había levantado la torre para mostrar el Duomo, sino para enseñar a mirarlo.
La gata de Tobita
Gustavo Quintero