Desde la ventana del avión entendí que las tormentas también tienen altura.
El sol se despedía sin drama, con ese naranja último que dice: existí y me voy.
Aprendí algo ahí arriba: los finales no siempre duelen como tormentas. A veces se parecen más a esto: silencio blanco, altura y un amanecer que te espera y no te pregunta si estás listo.
La gata de Tobita
Gustavo Quintero