La luz blanca del fluorescente no tenía nada de mística. Las impresoras dormían junto al escritorio vacío. Pero en la pared, dos afiches repetían el nombre: Bibliotheca Alexandrina.
Nadie lo notó, pero esa mañana, en el leve zumbido del escáner, se coló un susurro en griego antiguo.
Los espíritus del papiro y el pergamino habían regresado.
No traían fuego esta vez, solo memoria.
Y la promesa de que, aunque ardamos, siempre quedará alguien que intente volver a leer el mundo.
Sobreviví a su destrucción…
La gata de Tobita
Gustavo A. Quintero Hernández