Durante siglos, los libros callaron y las columnas resistieron. El viento pasó con lenguas de arena, la lluvia borró inscripciones, pero las estatuas no se rindieron: seguían de pie, custodiando un saber que ya nadie recordaba.
Hoy, los turistas toman fotos sin saber que, bajo sus pies, aún duerme el eco de palabras en griego y latín, de debates y silencios sagrados.
La biblioteca no murió, solo espera. Porque todo lo que alguna vez fue leído sigue soñando con ser comprendido o vuelto a leer.
Nadie me respondió cuando pregunté por los 12.000 rollos manuscritos.
La gata de Tobita
Gustavo A. Quintero Hernández