El agua no refleja lo que hay arriba: lo demora.
Las palmeras se inclinan apenas, como si escucharan algo que viene desde el fondo, no del cielo. Las buganvilias estallan en color, pero no celebran: señalan. Hay un banco vacío detrás de los arbustos, justo donde alguien debió esperar demasiado tiempo.
Desde la orilla, uno entiende tarde que este lugar no es un jardín, sino una memoria ordenada: cada árbol guarda una ausencia, cada flor disimula una despedida.
Y el río —quieto, casi obediente— sigue pasando, como si no supiera que todo lo que se queda aquí, en realidad, ya se fue. Volveremos a ese sitio para ocupar los espacios vacíos en esa orilla.
La gata de Tobita
Gustavo Quintero