Dicen que todos los caminos llevan a algún lugar. Yo aprendí que algunos solo llevan a un árbol.
Cada primavera, el jacaranda vestía la carretera de un violeta tan intenso que parecía guardar las palabras que nunca nos atrevimos a decir. Pasé por allí muchas veces: unas con el corazón rebosante, otras con las manos vacías. El árbol nunca preguntó por mis pérdidas ni celebró mis regresos; simplemente floreció.
Con los años comprendí que no era yo quien volvía al mismo camino. Era el camino, paciente y silencioso, el que seguía esperándome bajo la misma sombra, recordándome que hay amores que terminan y otros que, como los jacarandas, solo saben florecer cuando ya nadie los espera.
La gata de Tobita
Gustavo Quintero