La bola de espejos giraba como un pequeño planeta cansado, repartiendo constelaciones sobre los manteles. El acordeón respiraba en el fondo, y cada nota caía en las copas como polvo de oro. Alguien reía, alguien brindaba, alguien —sin saberlo— se despedía de algo. Entre guirnaldas y fotos viejas, el tiempo decidió sentarse a la mesa: pidió vino, escuchó la canción completa y, por una vez, no tuvo prisa. Ahí estábamos tú y yo.
La gata de Tobita
Gustavo A. Quintero Hernández