Durante once años, F. Berti tocó el timbre equivocado. Fingía confundirse de placa solo para que la señorita Brizzi di Sabatino se asomara al balcón y le dijera, con fastidio fingido: «No es aquí».
Una tarde de lluvia, ella bajó a decírselo en persona. Esa vez no volvió a subir sola.
Hoy, más abajo, hay una placa nueva: Berti Brizzi. Él ya no necesita equivocarse. Pero algunas noches, al volver, todavía toca el timbre viejo de ella, el que nadie quiso quitar. Y ella, desde arriba, aún le contesta sonriendo: «No es aquí».
La gata de Tobita
Gustavo Quintero