Eran como piezas blancas que aguardaban inmóviles, convencidas de que el juego consistía en avanzar o retroceder.
Nadie sospechaba que, entre columna y columna, dos siluetas se buscaban en silencio.
Se amaban así: escondidas tras la estrategia, protegidas por la geometría del tablero. Sabían que en el juego, como en el amor, no vence quien conquista más, sino quien encuentra a alguien dispuesto a permanecer cuando termina la partida.
Y cuando cayó el último rey, ellos siguieron allí, uno frente al otro, descubriendo que el verdadero movimiento había sido reconocerse entre las piezas y permanecer juntos, así, para siempre.
La gata de Tobita
Gustavo Quintero