«”el amor es volar, sembrarse, flotar”».
—Susan Sontag
Esta frase de Sontag en sus diarios (As Consciousness Is Harnessed to Flesh, 1964–1980) no es una frase romántica; es más bien la de una mujer que ama el pensamiento preguntándose si el amor la dejará seguir pensando. Para ella, el amor es un vuelo flotante, sembrado o cosido, que se deja llevar: un volar plural, sostenido por algo o alguien fuera de uno, que no exige esfuerzo para mantenerse en el aire. Uno flota porque otro lo sostiene.
El pensamiento, en cambio, es un vuelo solitario, un batir de alas. Ahí no se flota: uno se mantiene arriba a fuerza de aletear solo. Es el trabajo de la mente, que solo se ejerce en soledad.
El miedo de fondo —muy de Sontag— es que ambos vuelos compitan: que amar (entregarse, flotar, dejarse llevar por otro) le quite el aire al pensar (esa soledad batiente que el trabajo intelectual exige). Es la misma tensión que recorre todos sus diarios: el tironeo entre la necesidad de privacidad y el deseo de sumergirse en una relación apasionada.