El coñac respira en la copa: ámbar tibio, madera, una sombra de vainilla.
La música del violín se desliza entre las columnas antiguas y la plaza huele a Venecia sin ti.
La mesa está servida: dulces, una copa que espera. Pero hay una ausencia leve en ella y dos sobres de azúcar nada más.
La gata de Tobita
Gustavo Quintero