«Somos sumamente corteses el uno con el otro. …Sucumbimos al silencio sin acabar la frase».
—Wislawa Szymborska
En estos versos de Wislawa Szymborska, en el poema «Encuentro inesperado» (del libro Llamando al Yeti, 1957), la poeta trabaja una escena mínima: dos personas que compartieron un pasado —amoroso o decisivo— y se encuentran años después. Acá la cortesía funciona como dispositivo de contención emocional. Lo que alguna vez fue íntimo ahora se gestiona con protocolo. Sugiere, además, que el lenguaje fracasa. No es que no tengan nada que decir; es que lo esencial ya no puede decirse.
El poema no trata tanto del amor perdido como de algo más sutil: la extraña neutralización del pasado. Lo que fue absoluto ahora es manejable. El reencuentro no reaviva la pasión; confirma que el tiempo ha hecho su trabajo. Hay una ironía serena: la sorpresa no es que el amor se haya acabado, sino que ya no duela como antes. En la vida, en general, el pasado no desaparece, pero cambia de temperatura. Y esa variación —más que el recuerdo mismo— es lo verdaderamente inquietante.