Te he visto bajo el cristal inmenso del Cour Marly, donde la luz de París acaricia las esculturas como si quisiera devolverles el aliento, a la madre de mármol que se inclina, al niño que ríe en silencio y al tiempo que queda atrapado en un gesto que nunca se deshace.
Hemos caminado por allí, tomamos fotos, seguimos de largo, pero las figuras saben algo que otros olvidan: aquí, en el corazón del Louvre, la eternidad ya no está en los dioses, sino en la piedra que los recuerda y en nuestros recuerdos.
La gata de Tobita
Gustavo A. Quintero Hernández