Las torres de vidrio crecían en el horizonte, impacientes, mientras el río se arrastraba lento bajo el muelle. La ciudad corría detrás, pero ellos la desafiaban con su quietud. Dos figuras recortadas contra el agua, dos bicicletas detenidas en un mundo que nunca se detiene. En ese gesto de mirar juntos hacia el río, la ciudad se volvía humana.
La gata de Tobita
Gustavo A. Quintero Hernández