Entre los muros que han escuchado oraciones en tres lenguas y visto lágrimas de siglos, cuelga un letrero que promete jugo fresco y café caliente.
Los peregrinos pasan sin notarlo. Pero algunos entran, cansados de buscar respuestas en el polvo de las piedras.
Allí, entre tazas humeantes y risas en árabe, hebreo o inglés, descubren que a veces lo sagrado no está en los templos, sino en compartir el silencio o un café «santo» con un desconocido.
Jerusalén guarda secretos incluso en sus cafeterías.
La gata de Tobita
Gustavo A. Quintero Hernández